miércoles, 8 de mayo de 2019

Devastación Humana

Cuando el ser humano apareció sobre la faz de la tierra no solo mantenía una magnífica relación con la naturaleza, sino que formaba parte de ella misma. Su respeto por la tierra y sus ecosistemas partía de dos fenómenos: la religión y la cosmogonía.
Ese ser humano primitivo dedicaba su tiempo a recoger semillas y frutos para sobrevivir. Posteriormente comenzó a cazar pero únicamente para alimentar a los suyos. Con estas actividades limitadas y con la baja población sobre el planeta, nuestro antecesor no causaba ningún tipo de impacto negativo sobre los ecosistemas. Si bien en esos inicios el ser humano, como todos los animales, cumplía una función reguladora en el planeta, con su capacidad de pensar y aprender entendió que podía influir en el camino de la evolución natural y que podía sacar provecho de ella. Aquí se separó de sus creencias y costumbres y comenzó la depredación sin tener en la mira las consecuencias que de ello se derivaban.
En los primeros tiempos se trató del nacimiento de industrias rudimentarias que, aun cuando quemaban leña o carbón, no alcanzaban a tener impactos significativos en el contexto global. De esta manera se continúa hasta finales del siglo XIX, cuando aparece el punto de no retorno: la Revolución Industrial. Por esta época se comienzan a crear grandes industrias que no intentan producir lo indispensable sino generar capital. La preocupación por el ambiente se convierte en algo retórico y lejano pues los recursos del planeta parecían inagotables.

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